La violencia machista vuelve a cobrar una vida en Bolivia. En un cuarto cerrado en la zona de Tembladerani, La Paz, la Policía encontró el cadáver de una mujer que llevaba al menos tres semanas sin vida. El cuerpo presentaba signos evidentes de violencia y en el lugar se hallaron armas blancas. Fue una vecina quien, alertada por el fuerte olor, decidió dar aviso a las autoridades. Durante todo ese tiempo, nadie más preguntó por ella.

La víctima no ha sido identificada aún, pero se estima que tenía alrededor de 35 años y un tatuaje en el cuello. Según las primeras investigaciones, el principal sospechoso del crimen es su concubino, un hombre de 50 años que se encuentra prófugo. Este hecho pone nuevamente en evidencia cómo muchas mujeres siguen desapareciendo dentro de sus propios hogares, en silencio, sin que nadie las busque, sin que nadie escuche sus gritos.
En un país donde el feminicidio se ha vuelto casi cotidiano, este crimen no puede ser solo una cifra más. Cada mujer asesinada es una vida truncada, una historia arrancada, una familia destrozada. La sociedad boliviana exige justicia, pero también políticas reales, urgentes y efectivas para frenar esta epidemia de violencia. Mientras tanto, el silencio se instala como cómplice y las mujeres siguen muriendo, incluso cuando nadie las está mirando.

